En el año 1.995 detectamos que el creciente
número y variedad de fondos de inversión
disponibles en el mercado era tal que, lo que en principio
era una gran oportunidad para el inversor –
poder invertir en cualquier activo, sector o país
de la mano del mejor especialista (gestor) –,
podía no ser bien aprovechado o incluso convertirse
en un auténtico problema si no se contaba con
el asesoramiento adecuado.
El problema era (y es) que el objetivo de las entidades
financieras no es asesorar al inversor, sino vender
sus productos. Como “productores” que
son, su principal interés está en la
venta de sus fondos, aunque no sean los mejores del
mercado para una determinada inversión, ni
los más adecuados para las necesidades del
cliente.
Según va aumentando su cultura financiera,
los inversores se dan cuenta de las grandes diferencias
que existen entre unos y otros productos, y quieren
tener acceso no solo a los fondos de su banco o caja,
sino a los todos los del mercado, para así
poder elegir los mejores para cada tipo de inversión.
En ese contexto, lo más importante para el
inversor es contar con un asesoramiento en el que
pueda confiar, y no puede confiar en un asesoramiento
que no sea independiente porque no es objetivo. Así se creó PROFIM: para
ofrecer un asesoramiento totalmente independiente
y especializado, en el que los inversores pudieran,
confiar a la hora de diseñar sus carteras de
fondos de inversión.